Al fin encerrados

Por Juan Salazar

Aquella tarde, brotó del pasto de nuestro descuidado jardín. En medio de todo el desorden era como la cereza coronando al pastel. Una flor cualquiera, cuya única peculiaridad era el tono café que, al menos yo, no había visto nunca en una flor.

Recuerdo bien el momento en que la vi por primera vez. Estuve de malas todo el trayecto en el autobús. El chofer podía describirse en una palabra: hostilidad. La señora de junto no dejaba de recargar su cuerpo en el mío, lo que hacía que me le encimara al pobre anciano que, con trabajos, se sostenía del tubo; pero que conservaba la suficiente fuerza y voluntad para insultarme cada vez que podía, bañándome en saliva por intervalos regulares y constantes. Yo sólo podía pensar en llegar pronto a mi casa, para llenar mi estómago que ya hacía ruidos lastimeramente molestos.

Bajé entre un montón de apretujones e insultos de toda índole, di un salto desde el primer escalón hasta la banqueta antes de que el autobús volviera a subir la velocidad y me llevara hasta algún lugar, por demás, indeseado. Al fin pude volver a respirar normalmente. Me tapé del sol con un periódico sobre la cabeza, que a pesar del trajín, logré conservar. Dirigí los pasos por la calle de la izquierda, que tiene una pendiente ligeramente mayor, pero a esta hora es mucho menos bulliciosa que la de la derecha y lo que más quería, en este punto, era un poquito de paz.

Cuando divisé la casa desde la esquina opuesta presentí que algo había cambiado radicalmente; tardé varios segundos en descubrir qué era, pero el efecto que tuvo en mi mirada fue como el de un imán que se apoderó de todos y cada uno de mis pensamientos para volcarlos en ella, simple y sencillamente me hipnotizó.

No sé cuánto tiempo habré permanecido ahí, solo con ella, pero para cuando me paré en la puerta, la luna ya comenzaba a escupir estrellas que alumbraban la llave que saqué temblorosa y nerviosamente del bolsillo trasero.

Cuando entré, la cocina estaba justo como yo esperaba que estuviera, perfectamente en orden; cada plato sucio en su lugar y cada frasco chorreado en su premeditada ubicación para ufanarse de su suciedad. Te saludé con un beso y me sonreíste, sin despegar la mirada de la televisión que transmitía el insólito caso de la libélula que podía usar un teléfono. Precisamente la primera plana del diario que yo traía bajo el brazo y que aventé distraídamente, para sumarlo al magistral desorden que me recibía cálidamente.

Tomé un plato y sin fijarme en la temperatura, color o comestibilidad de lo que me serví, me senté a tu lado en el sillón.

Creo que me senté, creo… Porque la flor permanecía en mi mente, como si ella misma hubiera depositado una semilla dentro de mi cabeza. Ahora, sus raíces brotaban igual de espontáneamente que en el jardín, imantando cada pensamiento hasta ella.

No pude soportarlo más y te lo dije. Te conté todo con la minuciosidad de los detalles desesperados, de los recuerdos evocados ansiosamente; algunos sólo pude recordarlos hasta el momento en que te los dije.

Nos asustamos tanto que apagaste la “tevé” y yo dejé a la mitad, ensartado en el tenedor, lo que sea que estuviera comiendo. Salimos por la puerta de enfrente, cargando toda clase de herramientas, decididos a aniquilar la insignificante plaga de una vez por todas.

Cuando intentamos poner un pie afuera lo descubrimos. La flor había envuelto entre sus pétalos nuestra casa, reduciéndola a nivel de capullo. Lo que se veía ya no era café, sino algo más parecido a un espejo en donde nuestros rostros, que recién superaban la impresión, se reflejaban como los pobres moradores de aquél capullo eterno. Volvimos a la casa.

De nuevo prendimos la televisión, un documental nos permitió cenar pacíficamente. Inmediatamente recogimos todo y lo ordenamos con una minuciosidad compulsiva. Después nos abriste la ventana porque comenzaba a enrarecerse el ambiente. Nos dormimos. Nunca dormimos tan bien.

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Acerca de metanoiamx

Espacio de diálogo entre universitarios con la finalidad de establecer canales de comunicación entre jóvenes interesados en salir de sí mismos e ir más allá de sus propios paradigmas.

Una respuesta a “Al fin encerrados”

  1. papasito chompi dice :

    papa tu bas pa escritor, esta DE HUEVOS TU CUENTO

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